martes, 19 de noviembre de 2013

Día de fiesta

Doña Alejandra salía sonriente de la fiesta, iba caminando tan rápido como se lo permitía el tumulto y el peso de sus casi ochenta años. Se detuvo para liberar algunos hilos de su vestido de chiapaneca que se engancharon al respaldo de una silla astillada.
—¿Ya es que se va ya, comadrita? —la sorprendió la voz de la anfitriona atrás suyo—. ¿Cómo? Si es un día de fiesta.
—Sí, comadre —contestó doña Alejandra, apenada por haber sido sorprendida cuando intentaba escapar sin despedirse—. Dispénseme usted, pero es que tengo otro mi compromiso y es en Tuxtla.
—¿Y qué jodido va hacer allá?, sí es acá en Chiapa donde está lo alegre… tanto esperar las fiestas de enero pa’ que ni las disfrute.
—Si viera que no tengo ganas de irme. Imagínese… nomás que abrí mi bocota y ni modo de quedar mal.
Doña Alejandra debió aguantar con paciencia los distintos intentos de su comadre para convencerla de quedarse. Sin embargo, pronto logró imponer sus deseos explicando que se sentía mal, con dolor de huesos, mareada y que incluso estaba a punto del desmayo.
—Mejor voy a descansar —dijo doña Alejandra—. No sea que por andar de fiestera, vaya yo a alcanzar a su compadre al camposanto.
—Ni lo quiera Dios, comadrita —fue la respuesta—. Todavía está lejos la hora de que la cafetiemos… cuídese pues y que le vaya bien.
A la salida la esperaba Lupe, la sexagenaria encargada de cuidarla. Apoyada en su brazo caminó las pocas cuadras que la separaban de su casa. Antes de llegar se encontraron de frente con la comparsa de los parachicos. Pidió detenerse para verlos pasar; desde pequeña disfrutó de ver a esos hombres y mujeres que vestidos con zarapes, máscaras de madera y pelucas de ixtle bailaban frenéticos al rito de la música del tambor y la flauta.
—Hay que llenarse los ojos de esto —le dijo a Lupe—. Uno nunca sabe si estará aquí el siguiente año para volver a vivirlo.

—Qué bonitos son los días de fiesta —le respondió Lupe.
Antes de entrar a su casa buscó el reloj del parque. Eran las cinco y media. Apurada fue a su habitación para retocarse el maquillaje y el peinado. Había pensado en bañarse. No le daría tiempo si quería estar antes de las siete en el Parque de la Marimba. De último momento decidió darse un remojón para sacarse la sensación pegajosa del sudor. Con ayuda de Lupe se quitó el vestido y lo dejó sobre la cama.
—¿Qué camisa irá a llevar hoy don Carmelo? —dijo Lupe mientras ayudaba a su patrona a secarse.
—¿Y a vos qué te preocupa el hombre ese? —respondió molesta doña Alejandra.
—¿A yo?… nada… se me ocurría que por eso tenemos tanta prisa.
—¡Ah, burro!… ni por mi marido corrí en su momento, ya mero me voy a estar apurando por don Carmelo… staras creyendo. Mejor, en lugar de estar hablando, ¡ayudáme a ponerme mi vestido!
—¿A poco va a ir con traje de chiapaneca? —preguntó Lupe mientras se dirigía a la cama.
—Sí… pero no con ese, sino con el azulito. Sacálo del ropero.
Doña Alejandra sabía que iba a llamar la atención vestida de esa manera. Sin embargo, así le había prometido a don Carmelo que iría y pensaba cumplir su promesa. Además, eran tiempos de feria y bien valía la pena lucir sus vestidos.
—Ya tiene casi un año que baila sólo con él, ¿verdad?
—Ay, mujer… a vos qué te importa.
—Yo sólo decía...
—Mejor no digás nada y pasáme mi vestido.
Don Carmelo era un hombre en el que ni por error se habría fijado cuando eran jóvenes. Demasiado sencillo, poco agraciado, de finanzas pobres y un quehacer intrascendente; desde joven fue un burócrata de bajo rango y así se jubiló. Alguna vez estuvo casado, pero a los pocos años su mujer le pidió el divorcio. Decepcionado, decidió no volver a casarse nunca.
«Uno mero sin chiste me fui a agarrar», pensaba doña Alejandra mientras se arreglaba el cabello.
La primera vez que bailaron juntos apenas se saludaron y él sólo se atrevió a decirle «gracias» cuando la acompañó de regreso a su banca. Al día siguiente intercambiaron algunas preguntas de cortesía y el fin de semana ya aprovechaban los descansos para reírse y contarse cosas del pasado.
—¡Pelitos salados!, con nada quedan en su lugar —de quejó en voz alta doña Alejandra mientras se cepillaba con fuerza el cabello. Lupe, atenta, de inmediato le pasó el pomo de gel.
Doña Alejandra, que solía ir una o dos veces al mes al Parque de la Marimba para distraerse, a partir de su amistad con don Carmelo empezó a llegar todos los días, aun cuando lloviera. Lo hacía bajo el convencimiento de que tampoco él fallaría, y el descubrir la certeza de sus presagios, fue un acicate para no faltar aunque por ello tuviera que enfrentarse con sus hijos.
—¡Nunca vienen a verme y cuando lo hacen es para darme órdenes!... ¡Jodido!... ¡‘stán bien pendejos!...
—Pero mamá…
—¡“Pero mamá” mis naguas! —los callaba—. Yo voy ir a donde se me dé la gana y cuando se me ocurra… y al que no le guste… recuerde que la chingada está cerca de todas partes… y ahí se pueden ir a pasar la tarde.
—Bueno, mamá… calmate… no es pa’ tanto… es más, yo mismo puedo llevarte —le decía alguno de ellos.
—No, gracias. En taxi me muevo mejor. ¿Y saben qué? Si nomás vinieron a hacerme pasar corajes… mejor agarren camino…
—¿A nuestras casas? —preguntaban risueños, a pesar de saber que la respuesta sería:
—Que ya a sus casas… ¡A la chingada se van ir!
No sabía si fue por su nobleza, por la cortesía y caballerosidad con la que trataba o porque era un paliativo que llenaba su soledad, pero doña Alejandra comenzó a pensar con frecuencia en don Carmelo.
Se descubría contenta en el viaje nocturno de regreso a su casa, mientras recordaba casi cada detalle de lo charlado, y se dormía pronto, para que pronto llegara el día siguiente, en el que esperaría ansiosa a que dieran las cinco de la tarde, para entonces empezar a arreglarse y, por fin, llena de nervios, viajar a Tuxtla y encontrarse de nuevo, por dos horas, con el hombre que ahora ocupaba sus pensamientos. Los fines de semana la llenaban más, porque en esos días la marimba tocaba durante tres horas y el encanto de su vida también se alargaba.
Esa tarde, mientras esperaban al taxi, Lupe se atrevió a decirle.
—Oiga, ¿y si con el pretexto de las fiestas invitamo a don Carmelo a venir a comer a Chiapa? Ya ve que dijo que tiene muchos años de no ver a los parachicos, yo creo que le daría gusto. Aprovechando que son días de fiesta, pues.
A doña Alejandra le revolvió el estómago sentir que de nuevo alguien se quería entrometer en su vida. Sólo hizo un gesto de disgusto y lanzó un gruñido que demostraba su enojo. Lupe se quedó callada, cabizbaja, arrepintiéndose se haber abierto la boca.
Cuando llegó el taxi por ellas, antes de subirse, doña Alejandra tomó con fuerza a Lupe del brazo y firme le dijo:
—Pero vas a ser vos la que lo invite. Le decís que para el día veinte, por la fiesta de San Sebastián. Vos vas a decirle… ¿Viste?.... ¡Vos!, no yo.
Aunque don Carmelo había logrado afianzar su amistad con ella, creía que las cosas iban demasiado lento. Él deseaba formalizar la relación, ponerle otro nombre a su amistad, compartir las comidas, algunos viajes, estar más tiempo juntos.
—No hay prisa, Carmelo —le respondía ella—. Todo llega en su momento.
—Es que a nuestra edad —le decía él—, si no hacemos las cosas a prisa, tal vez ya no las hagamos.

—Ni gracia contigo, de veras… sos muy pesimista, vos.
Ella lo tachaba de exagerado y le pedía que en lugar de tanto parloteo la invitara a comprar un café o a seguir bailando. Sin embargo, de vez en vez aceptaba que se despidieran con un suave beso en los labios.
Esa noche, al llegar al Parque de la Marimba, doña Alejandra sintió  que se le aceleraba el pulso.
—La ayudo, señora, permítame —le dijo el taxista al tiempo que le abría la puerta y le extendía la mano para ayudarla a salir del auto.
Ella le agradeció la atención con una enorme sonrisa. Para salir del auto se impulsó con fuerza y de inmediato le pidió a Lupe que la ayudara a arreglarse el vestido. Preguntó la hora, «siete y cuarto», respondió el taxista antes de despedirse.
La marimba ya estaba tocando y con seguridad la mayor parte de los visitantes de diario habrían empezado a bailar desde la primera pieza.
Doña Alejandra entró al parque con paso seguro y sin apoyarse en Lupe. Se sentía feliz. Le gustaba que la gente volteara a verla llegar como una reina, deslumbrando con su sonrisa y su vestido de chiapaneca preferido. «No cabe duda, pensó, este es un día de fiesta».
Apenas iba acercándose al kiosco cuando la sonrisa comenzó a apagársele. Don Carmelo no estaba en su lugar.
—¿Qué habrá pasado, pues? —escuchó la voz de Lupe.
No le contestó. Sólo bajó la velocidad de su paso lento mientras con la mirada lo buscaba por el parque. Tampoco habían llegado otras amistades y, las pocas que ahí estaban, iban de negro.
Un mal presagio la abordó y siguió con ella hasta que se dejó caer en una banca. Sin que tuviera que pedírselo, Lupe se adelantó a saludar y a averiguar por quién era el luto.
Sintiéndose vacía, doña Alejandra abrió la boca para jalar aire y tratar de calmar el golpeteo arrítmico de su corazón, que se fue apagando conforme Lupe volvía hacia ella, viéndola a los ojos con una mirada angustiosa y cubriéndose la boca con las manos, como apresando las ganas de ponerse a llorar.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Faena y arrastre


El auto de El Zapata avanzaba despacio entre el tráfico y personas caminando. Sintiendo la adrenalina que antecede a toda corrida, el torero recordaba el experimento taurino que pensaba ejecutar esa tarde. Optó por evadir el momento, prefirió concentrarse en la gente de la calle y, despacio, apoyó el rostro en el cristal de la ventana. Frente a él, su representante parecía rezar.
          El Zapata se espantó al descubrir un objeto volando hacia su rostro. Rápido se apartó de la ventana y vio cómo un huevo se estrellaba contra el vidrio.
—¿Por qué vamos tan lentos? —dijo su representante.
—Son estas personas protestando contra las corridas —respondió el conductor—. No quieren a…
—¡Cállate! —le dijo el representante al chofer y luego se volvió hacia El Zapata—. No les hagas caso… Mírame, yo me río de estos idiotas.
El Zapata observó fijo al cuarentón nervioso que esperaba una respuesta.
       «Recibir la embestida —pensaba él— entrar en falso a la izquierda, dejarlo pasar, dar medio giro y clavar la banderilla por sobre el hombro».
      —¿Los oyes? —respondió por fin—. Me dicen “carnicero”.
—Haz de cuenta que te gritan “papito”. Piensa en otra cosa.
—Mira, armaron una especie de teatro. Esa chica la hace de toro, y supongo que yo soy aquel ridículo con un falso traje de luces.
—No eres tú… ¡Somos todos los que andamos en esto, carajo!
—Entonces, también soy yo. ¡Detente! —le ordenó al chofer.
—¿Estás loco? ¡Sigue avanzando! —gritó el representante.
—Voy a bajar, si quieres que toree esta tarde —le dijo viéndolo a los ojos—, te vas a quedar quietecito mientras yo encaro a éstos.
—No bajes —le suplicó el representante—. Tenemos la corrida en un ratito. Por favor.
—Sólo porque te conozco, no pienso que eres un maricón que me ama —se rió El Zapata y salió del auto.
El torero se paró ante los manifestantes. Suave restregó la suela de sus zapatillas en el pasto y, nervioso, avanzó sintiéndose como frente a un toro: la sangre golpeaba fuerte sus sienes, hilos de sudor le bajaban por la espalda, tenía la piel de gallina y los músculos duros pero dispuestos a despertar en una fracción de segundo.
Cuando un grupo caminó hacia él, se quitó la montera, la presentó al chofer y lo saludó como brindándole la corrida.
Enfurecido por lo que consideró una burla, un joven de piernas veloces se lanzó contra el torero. Casi sin mover los pies, el matador hizo un quiebre de cintura y esquivó el ataque. El joven giró en redondo y regresó hacia El Zapata, quien ahora lo espantó con un movimiento de manos que buscaba templar el capote ficticio a la violencia de la embestida. Y lo logró.

Entonces, con una verónica inverosímil, el matador recibió el ataque de un joven rollizo, luego echó mano de una chicuelina y aún lo empujó para provocar que los dos machos chocaran entre sí. Valiente, viéndolos en el suelo, El Zapata los alegró al ataque.
Fue al tercero de la tarde al que, girando y mientras se pasaba la capa por la cabeza, le aplicó un farol. Sólo entonces se preparó banderillear como practicó durante semanas.
Lo distrajo descubrir que lo atacaba una hembra enfundada en una especie de camisón transparente que dejaba ver su desnudez. De buena alzada, portaba dos pitones mal armados e iba pintada de sangre en el lomo.
El torero clavó su mirada en el movimiento de la hembra, vio venir la cornada del lado izquierdo, pero fue sorprendido por el golpe de un limón en el ojo derecho. De inmediato El Zapata dio dos pasos en redondo para esquivar cualquier agarre y trató de volver al auto donde lo esperaban con la puerta abierta. Antes de que la alcanzara, la hembra lo cogió por la espalda al tiempo que los dos ejemplares jóvenes lo levantaron en vilo para luego azotarlo contra el suelo.
Entre resoplidos, el torero intentaba esquivar las patadas con que le magullaban. Le abrieron una ceja y le molieron las costillas; sin embargo, lo que más le dolió fue el pisotón con que le fracturaron los dedos de la mano cuando se apoyaba para levantarse.
Como salidos de la nada, un grupo de policías corrió a darle asistencia y, mientras lo cargaban en andas, él, agarrando con fuerza el relicario que colgaba de su cuello, gritaba que lo soltaran, que su sangre no iba a manchar de vicio la plaza, por la Virgen juraba no estar herido y reclamaba histérico lo dejaran volver al ruedo, pues faenas como esa podía aguantar veinte más.