El auto de El Zapata avanzaba despacio
entre el tráfico y personas caminando. Sintiendo la adrenalina que antecede a
toda corrida, el torero recordaba el experimento taurino que pensaba ejecutar
esa tarde. Optó por evadir el momento, prefirió concentrarse en la gente de la
calle y, despacio, apoyó el rostro en el cristal de la ventana. Frente a él, su
representante parecía rezar.
El Zapata se espantó al
descubrir un objeto volando hacia su rostro. Rápido se apartó de la ventana y
vio cómo un huevo se estrellaba contra el vidrio.
—¿Por qué vamos tan
lentos? —dijo su representante.
—Son estas personas
protestando contra las corridas —respondió el conductor—. No quieren a…
—¡Cállate! —le dijo el
representante al chofer y luego se volvió hacia El Zapata—. No les hagas caso…
Mírame, yo me río de estos idiotas.
El Zapata observó fijo
al cuarentón nervioso que esperaba una respuesta.
«Recibir la embestida
—pensaba él— entrar en falso a la izquierda, dejarlo pasar, dar medio giro y
clavar la banderilla por sobre el hombro».—¿Los oyes? —respondió por fin—. Me dicen “carnicero”.
—Haz de cuenta que te
gritan “papito”. Piensa en otra cosa.
—Mira, armaron una
especie de teatro. Esa chica la hace de toro, y supongo que yo soy aquel
ridículo con un falso traje de luces.
—No eres tú… ¡Somos
todos los que andamos en esto, carajo!
—Entonces, también soy
yo. ¡Detente! —le ordenó al chofer.
—¿Estás loco? ¡Sigue
avanzando! —gritó el representante.
—Voy a bajar, si
quieres que toree esta tarde —le dijo viéndolo a los ojos—, te vas a quedar quietecito
mientras yo encaro a éstos.
—No bajes —le suplicó
el representante—. Tenemos la corrida en un ratito. Por favor.
—Sólo porque te
conozco, no pienso que eres un maricón que me ama —se rió El Zapata y salió del
auto.
El torero se paró ante
los manifestantes. Suave restregó la suela de sus zapatillas en el pasto y,
nervioso, avanzó sintiéndose como frente a un toro: la sangre golpeaba fuerte sus
sienes, hilos de sudor le bajaban por la espalda, tenía la piel de gallina y
los músculos duros pero dispuestos a despertar en una fracción de segundo.
Cuando un grupo caminó
hacia él, se quitó la montera, la presentó al chofer y lo saludó como
brindándole la corrida.
Enfurecido por lo que
consideró una burla, un joven de piernas veloces se lanzó contra el torero.
Casi sin mover los pies, el matador hizo un quiebre de cintura y esquivó el
ataque. El joven giró en redondo y regresó hacia El Zapata, quien ahora lo
espantó con un movimiento de manos que buscaba templar el capote ficticio a la
violencia de la embestida. Y lo logró.
Entonces, con una
verónica inverosímil, el matador recibió el ataque de un joven rollizo, luego
echó mano de una chicuelina y aún lo empujó para provocar que los dos machos
chocaran entre sí. Valiente, viéndolos en el suelo, El Zapata los alegró al
ataque.
Fue al tercero de la
tarde al que, girando y mientras se pasaba la capa por la cabeza, le aplicó un
farol. Sólo entonces se preparó banderillear como practicó durante semanas.
Lo distrajo descubrir
que lo atacaba una hembra enfundada en una especie de camisón transparente que
dejaba ver su desnudez. De buena alzada, portaba dos pitones mal armados e iba
pintada de sangre en el lomo.
El torero clavó su
mirada en el movimiento de la hembra, vio venir la cornada del lado izquierdo,
pero fue sorprendido por el golpe de un limón en el ojo derecho. De inmediato
El Zapata dio dos pasos en redondo para esquivar cualquier agarre y trató de
volver al auto donde lo esperaban con la puerta abierta. Antes de que la
alcanzara, la hembra lo cogió por la espalda al tiempo que los dos ejemplares
jóvenes lo levantaron en vilo para luego azotarlo contra el suelo.
Entre resoplidos, el
torero intentaba esquivar las patadas con que le magullaban. Le abrieron una
ceja y le molieron las costillas; sin embargo, lo que más le dolió fue el
pisotón con que le fracturaron los dedos de la mano cuando se apoyaba para
levantarse.
Como salidos de la
nada, un grupo de policías corrió a darle asistencia y, mientras lo cargaban en
andas, él, agarrando con fuerza el relicario que colgaba de su cuello, gritaba
que lo soltaran, que su sangre no iba a manchar de vicio la plaza, por la Virgen juraba no estar
herido y reclamaba histérico lo dejaran volver al ruedo, pues faenas como esa
podía aguantar veinte más.