Doña
Alejandra salía sonriente de la fiesta, iba caminando tan rápido como se lo
permitía el tumulto y el peso de sus casi ochenta años. Se detuvo para liberar algunos
hilos de su vestido de chiapaneca que se engancharon al respaldo de una silla
astillada.
—¿Ya
es que se va ya, comadrita? —la sorprendió la voz de la anfitriona atrás suyo—.
¿Cómo? Si es un día de fiesta.
—Sí,
comadre —contestó doña Alejandra, apenada por haber sido sorprendida cuando
intentaba escapar sin despedirse—. Dispénseme usted, pero es que tengo otro mi
compromiso y es en Tuxtla.
—¿Y
qué jodido va hacer allá?, sí es acá en Chiapa donde está lo alegre… tanto
esperar las fiestas de enero pa’ que ni las disfrute.
—Si
viera que no tengo ganas de irme. Imagínese… nomás que abrí mi bocota y ni modo
de quedar mal.
Doña
Alejandra debió aguantar con paciencia los distintos intentos de su comadre
para convencerla de quedarse. Sin embargo, pronto logró imponer sus deseos explicando
que se sentía mal, con dolor de huesos, mareada y que incluso estaba a punto
del desmayo.
—Mejor
voy a descansar —dijo doña Alejandra—. No sea que por andar de fiestera, vaya
yo a alcanzar a su compadre al camposanto.
—Ni
lo quiera Dios, comadrita —fue la respuesta—. Todavía está lejos la hora de que
la cafetiemos… cuídese pues y que le vaya bien.
A
la salida la esperaba Lupe, la sexagenaria encargada de cuidarla. Apoyada en su
brazo caminó las pocas cuadras que la separaban de su casa. Antes de llegar se
encontraron de frente con la comparsa de los parachicos. Pidió detenerse para
verlos pasar; desde pequeña disfrutó de ver a esos hombres y mujeres que vestidos
con zarapes, máscaras de madera y pelucas de ixtle bailaban frenéticos al rito
de la música del tambor y la flauta.
—Hay
que llenarse los ojos de esto —le dijo a Lupe—. Uno nunca sabe si estará aquí el
siguiente año para volver a vivirlo.
—Qué
bonitos son los días de fiesta —le respondió Lupe.
Antes
de entrar a su casa buscó el reloj del parque. Eran las cinco y media. Apurada
fue a su habitación para retocarse el maquillaje y el peinado. Había pensado en
bañarse. No le daría tiempo si quería estar antes de las siete en el Parque de la Marimba. De último momento
decidió darse un remojón para sacarse la sensación pegajosa del sudor. Con
ayuda de Lupe se quitó el vestido y lo dejó sobre la cama.
—¿Qué
camisa irá a llevar hoy don Carmelo? —dijo Lupe mientras ayudaba a su patrona a
secarse.
—¿Y
a vos qué te preocupa el hombre ese? —respondió molesta doña Alejandra.
—¿A
yo?… nada… se me ocurría que por eso tenemos tanta prisa.
—¡Ah,
burro!… ni por mi marido corrí en su momento, ya mero me voy a estar apurando
por don Carmelo… ‘staras creyendo.
Mejor, en lugar de estar hablando, ¡ayudáme
a ponerme mi vestido!
—¿A
poco va a ir con traje de chiapaneca? —preguntó Lupe mientras se dirigía a la
cama.
—Sí…
pero no con ese, sino con el azulito. Sacálo
del ropero.
Doña
Alejandra sabía que iba a llamar la atención vestida de esa manera. Sin
embargo, así le había prometido a don Carmelo que iría y pensaba cumplir su promesa.
Además, eran tiempos de feria y bien valía la pena lucir sus vestidos.
—Ya
tiene casi un año que baila sólo con él, ¿verdad?
—Ay,
mujer… a vos qué te importa.
—Yo
sólo decía...
—Mejor
no digás nada y pasáme mi vestido.
Don
Carmelo era un hombre en el que ni por error se habría fijado cuando eran
jóvenes. Demasiado sencillo, poco agraciado, de finanzas pobres y un quehacer
intrascendente; desde joven fue un burócrata de bajo rango y así se jubiló.
Alguna vez estuvo casado, pero a los pocos años su mujer le pidió el divorcio.
Decepcionado, decidió no volver a casarse nunca.
«Uno
mero sin chiste me fui a agarrar», pensaba doña Alejandra mientras se arreglaba
el cabello.
La
primera vez que bailaron juntos apenas se saludaron y él sólo se atrevió a
decirle «gracias» cuando la acompañó de regreso a su banca. Al día siguiente
intercambiaron algunas preguntas de cortesía y el fin de semana ya aprovechaban
los descansos para reírse y contarse cosas del pasado.
—¡Pelitos
salados!, con nada quedan en su lugar —de quejó en voz alta doña Alejandra
mientras se cepillaba con fuerza el cabello. Lupe, atenta, de inmediato le pasó
el pomo de gel.
Doña
Alejandra, que solía ir una o dos veces al mes al Parque de la Marimba para distraerse, a
partir de su amistad con don Carmelo empezó a llegar todos los días, aun cuando
lloviera. Lo hacía bajo el convencimiento de que tampoco él fallaría, y el
descubrir la certeza de sus presagios, fue un acicate para no faltar aunque por
ello tuviera que enfrentarse con sus hijos.
—¡Nunca
vienen a verme y cuando lo hacen es para darme órdenes!... ¡Jodido!... ¡‘stán bien pendejos!...
—Pero
mamá…
—¡“Pero
mamá” mis naguas! —los callaba—. Yo voy ir a donde se me dé la gana y cuando se
me ocurra… y al que no le guste… recuerde que la chingada está cerca de todas
partes… y ahí se pueden ir a pasar la tarde.
—Bueno,
mamá… calmate… no es pa’ tanto… es
más, yo mismo puedo llevarte —le decía alguno de ellos.
—No,
gracias. En taxi me muevo mejor. ¿Y saben qué? Si nomás vinieron a hacerme
pasar corajes… mejor agarren camino…
—¿A
nuestras casas? —preguntaban risueños, a pesar de saber que la respuesta sería:
—Que
ya a sus casas… ¡A la chingada se van ir!
No
sabía si fue por su nobleza, por la cortesía y caballerosidad con la que
trataba o porque era un paliativo que llenaba su soledad, pero doña Alejandra
comenzó a pensar con frecuencia en don Carmelo.
Se
descubría contenta en el viaje nocturno de regreso a su casa, mientras
recordaba casi cada detalle de lo charlado, y se dormía pronto, para que pronto
llegara el día siguiente, en el que esperaría ansiosa a que dieran las cinco de
la tarde, para entonces empezar a arreglarse y, por fin, llena de nervios,
viajar a Tuxtla y encontrarse de nuevo, por dos horas, con el hombre que ahora ocupaba
sus pensamientos. Los fines de semana la llenaban más, porque en esos días la
marimba tocaba durante tres horas y el encanto de su vida también se alargaba.
Esa
tarde, mientras esperaban al taxi, Lupe se atrevió a decirle.
—Oiga,
¿y si con el pretexto de las fiestas invitamo
a don Carmelo a venir a comer a Chiapa? Ya ve que dijo que tiene muchos años de
no ver a los parachicos, yo creo que le daría gusto. Aprovechando que son días
de fiesta, pues.
A
doña Alejandra le revolvió el estómago sentir que de nuevo alguien se quería
entrometer en su vida. Sólo hizo un gesto de disgusto y lanzó un gruñido que
demostraba su enojo. Lupe se quedó callada, cabizbaja, arrepintiéndose se haber
abierto la boca.
Cuando
llegó el taxi por ellas, antes de subirse, doña Alejandra tomó con fuerza a
Lupe del brazo y firme le dijo:
—Pero
vas a ser vos la que lo invite. Le decís que para el día veinte, por la fiesta
de San Sebastián. Vos vas a decirle… ¿Viste?.... ¡Vos!, no yo.
Aunque
don Carmelo había logrado afianzar su amistad con ella, creía que las cosas
iban demasiado lento. Él deseaba formalizar la relación, ponerle otro nombre a
su amistad, compartir las comidas, algunos viajes, estar más tiempo juntos.
—No
hay prisa, Carmelo —le respondía ella—. Todo llega en su momento.
—Es
que a nuestra edad —le decía él—, si no hacemos las cosas a prisa, tal vez ya
no las hagamos.
—Ni
gracia contigo, de veras… sos muy pesimista, vos.
Ella
lo tachaba de exagerado y le pedía que en lugar de tanto parloteo la invitara a
comprar un café o a seguir bailando. Sin embargo, de vez en vez aceptaba que se
despidieran con un suave beso en los labios.
Esa
noche, al llegar al Parque de la Marimba, doña Alejandra sintió que se le aceleraba el pulso.
—La
ayudo, señora, permítame —le dijo el taxista al tiempo que le abría la puerta y
le extendía la mano para ayudarla a salir del auto.
Ella
le agradeció la atención con una enorme sonrisa. Para salir del auto se impulsó
con fuerza y de inmediato le pidió a Lupe que la ayudara a arreglarse el
vestido. Preguntó la hora, «siete y cuarto», respondió el taxista antes de
despedirse.
La
marimba ya estaba tocando y con seguridad la mayor parte de los visitantes de
diario habrían empezado a bailar desde la primera pieza.
Doña
Alejandra entró al parque con paso seguro y sin apoyarse en Lupe. Se sentía
feliz. Le gustaba que la gente volteara a verla llegar como una reina,
deslumbrando con su sonrisa y su vestido de chiapaneca preferido. «No cabe duda,
pensó, este es un día de fiesta».
Apenas
iba acercándose al kiosco cuando la sonrisa comenzó a apagársele. Don Carmelo
no estaba en su lugar.
—¿Qué
habrá pasado, pues? —escuchó la voz de Lupe.
No
le contestó. Sólo bajó la velocidad de su paso lento mientras con la mirada lo
buscaba por el parque. Tampoco habían llegado otras amistades y, las pocas que
ahí estaban, iban de negro.
Un
mal presagio la abordó y siguió con ella hasta que se dejó caer en una banca.
Sin que tuviera que pedírselo, Lupe se adelantó a saludar y a averiguar por
quién era el luto.
Sintiéndose
vacía, doña Alejandra abrió la boca para jalar aire y tratar de calmar el
golpeteo arrítmico de su corazón, que se fue apagando conforme Lupe volvía
hacia ella, viéndola a los ojos con una mirada angustiosa y cubriéndose la boca
con las manos, como apresando las ganas de ponerse a llorar.